MEMORIAS DE UN GATO EN TORMES
Me encontraba sentado en el alféizar de la ventana moviendo la cola al compás de los pensamientos de aquel ciego gruñón. ¿Qué pasaría por su cabeza en esos momentos? Vi cómo se iluminaba su cara con aquella sonrisa socarrona; estaba claro que acababa de caer en la cuenta de algo.
La comida estaba ya sobre la mesa; yo me acerqué maullando a la vez que Lázaro se sentaba bajo las piernas del ciego, el cual maldecía por lo bajo siempre que me escuchaba. El ciego comía sin prisa, silenciosamente, mientras el chico lo observaba desde abajo. Yo seguía al acecho; quizás pudiese pillar algo con que llenar el estómago, pero no era el único, también Lázaro se mantenía ya al acecho.
El ciego levantó su jarro de vino, dando largos sorbos, y cómo no, el chico volvía a beber el vino que se derramaba por el agujero que él mismo había hecho en la parte baja del jarro. Pero, de repente y sin previo aviso, el ciego alzó los brazos sosteniendo el jarro en alto. Lázaro, con su mirada elevada hacia el cielo y los ojos entornados, no pudo imaginar lo que se le venía encima. Yo salté sobre la mesa, bufando el lomo, antes de que el jarro se hiciese añicos sobre la cara del pobre Lázaro, quebrándole los dientes, sin los cuales hoy en día se encuentra.
Autora: María Encarna Aznar Álvarez. 1º Bachillerato. Curso 2013-14.
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