domingo, 24 de mayo de 2020

GEMA LÓPEZ SEVILLA

Encontrábase Lazarillo sumido en la más profunda ansiedad cuando no veía la luz de las ideas brillar en su cabeza. Miraba y miraba al ciego sin parar de mascullar un nuevo plan para atacar aquel apetitoso jarro de vino. 

Veíase en el rostro del ciego dibujada la expresión del triunfo y la victoria, al creerse dueño de su preciado vino. 

El astuto Lazarillo no se iba a dejar a dejar vencer por aquel sentimiento tan odioso para él. La inspiración crecía en su interior cada vez que miraba su rostro mientras comían. No tardó el jovenzuelo pícaro en encontrar remedio para su tormento: después de tantos fracasos e intentos por deleitarse con aquel maravilloso vino, nació en sus ojos un agujero en el fondo de aquel jarro, y muy sagaz engañó de nuevo al ciego. 

Adoptó el espíritu de un perro muerto de frío y se acurrucó entre las piernas del ciego. Casi lo tenía. Cuando el ciego fue a beber, Lazarillo esperó pacientemente a que el vino escurriera como si en ello le fuese la vida. El corazón le palpitaba tanto que hasta el ciego podía verlo. Tanto se deleitaba el Lazarillo que el ciego oyó sus relamidos cual perro satisfecho.

Lazarillo de repente sintió la noche y el día pasar fugazmente por delante de sus ojos, como si hubiese perdido el rumbo; pero no sólo perdió éste, sino que también vio cómo perdía los dientes en el acto.

Todo pasó tan rápido que, cuando vino a darse cuenta, el ciego andaba riéndose como un loco, y lanzándole sarcasmos sobre su intento por beber su vino.
-¿Qué pasa, Lázaro? ¿Todavía andas sediento? ¡Jajaja, jajaja! -dijo el ciego.

Esta vez si consintió que Lázaro probara el vino, pero fueron las heridas y cortes de su cara quienes lo hicieron por él.

Autora: Gema López Sevilla. 1º Bachillerato. Curso 2013-2014.

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