Tantos volteos y consideraciones proporcionó que descubrió el venero y sucumbió en el escarnio, mas así lo encubrió como si no lo hubiera advertido.
Y seguidamente otro tridúo, yo transpirando el líquido de mi botijo como solía, no pensando en el perjuicio que me estaba aparejado ni que el mal invidente me advertía, me senté como solía hacer, estando degustando aquellos extraordinarios tragos, mi rostro puesto hacia el firmamento y un poco cerrada la vista para poder degustar mejor el dulce licor, sintió el exasperado invidente que ahora tenía tiempo de tomar de mí revancha y con toda su capacidad de resistencia, alzando con dos manos aquel dulce y amargo botijo le dejó caer sobre mi cavidad bucal, ayudándose con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro que no se había percatado de lo que le iba a suceder, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el firmamento con todo lo que en él hay me había caído encima. Fue tal el golpe que me dio que perdí el conocimiento y el botijazo tan grande que los pedazos de él se me metieron en el rostro rompiéndomelo en muchas partes me dividió los dientes sin los cuales hasta hoy día me quedé.
Autora: María Pilar Martínez. 2º B.U.P. Curso 1988-89
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