Oh, Dios, en esta hora de mi muerte, te imploro piedad y pido porque dejes descansar en paz mi alma lujuriosa. Yo me confieso ante ti pecadora. Yo, dirigida por la pasión de la carne, he llevado un poco más lejos el deshonor de mi esposo el ciego. Pero yo exijo un juicio justo entre el hombre y la mujer. Sí, yo con mis pecados carnales condeno al esposo que se me impuso en el santo mandamiento. Porque, si yo pequé, él lo hizo antes, con más y mejor. Y no compadecedlo porque era ciego, puesto que eso no le impedía visitar y beber de las entrañas de otros. A mí, en cambio, sólo me usaba cuando quería, y siempre dándome sendos golpes. Pero la ley del hombre, y no tu ley ni la de la mujer, es la que dice y permite que el marido le sea infiel a su esposa y la viole y golpeé cuando le apetezca.
Yo recurrí al apoyo de Lázaro, a su ternura, a sus caricias, a su amor delicado. Pero lo hice buscando el auténtico amor. Y ahora me encuentro contemplando los restos de mi bebé, y sin saber quién es su padre.
Y es que el ciego, habiendo descubierto la señal de Lázaro en mí, planeó una venganza que no reparó en mi embarazo. Lo hizo todo a sangre fría, meticulosamente. Cogió a Lázaro y lo aprisionó entre sus patas y dijo muy exaltado y furioso: ¡Yo te condeno, infame puta!, y en nombre de Dios te condenó a ti y al fruto de tu lujuria a las profundidades del infierno. Tú quedarás muerta y verás cómo los trozos de tu hijo se esparcen por el suelo y la cara de Lázaro. ¡Lázaro!, ordeno que tus dientes se rompan, ¡que se haga justicia en nombre de Dios!
¡Qué infames palabras! Habló como si conociera tu voluntad. En nombre de Dios, ¿pero quién cree que es? Pero sea como fuere, esas palabras golpean mi cabeza y mi cuerpo brutalmente. Por otra parte, mi alma se hace añicos al ver a mi hijo despedazado contra el suelo. Fíjate bien, buen Dios, en la forma en que me ha castigado, matando salvajemente a un inocente y me está haciendo contemplar su cadáver mientras muero. Sin embargo a Lázaro sólo le ha roto los dientes.
Me siento impotente, mientras voy hacia el juicio veo a mi hijo muerto y no puedo hacer nada. ¡Dios, cómo quisiera matar al ciego! En fin, estas palabras agonizantes se apagan. Ve preparándote que me tienes que juzgar.
Adiós, vida. Hola, muerte.
Autor: Juan José García Celma. 3º E.S.O. Curso 1995-96.
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