Sepa Vuestra Merced que este relato que voy a contar sucedió, por desgracia para mí, en realidad.
De la fecha no me acuerdo muy bien pero eso Vuestra Merced no lo lleva en gana.
Todos los días ansiaba degustar aquel preciado licor que siempre guardaba el ciego para él.
El ciego no notaba que le faltase vino en el jarro gracias a la idea de hacerle una ranura y meterle piedras de acero. Así podía yo disfrutar de ese ansiado y codicioso vino sin que el ciego se diera cuenta del engaño. Yo, mientras, gozaba de ese placer tan inmenso que el vino me causaba.
Pero un día, sin darme cuenta, se le metió un rusco en la boca al ciego que si pocas se lo come. El ciego, disimulando, dijo que era un pedazo de turrón de El Lobo.
Y tal gracia me hacía a mí que casi no puedo contenerme, si pocas me meo encima.
Pero un día, sosteniendo mi preciado jarro, lo agitaba sin cesar con una inmensa alegría sin pensar en lo que, en unos breves instantes, me vendría encima.
Yo, contemplando cómo se movían las nubes de un lado a otro, y el cielo cada vez más rojo, tenía la intuición de que algo grave fuera a suceder. ¡Y vaya si sucedió! En ese instante se paró el mundo.
Vi como si un objeto volador no identificado se dirigiese hacia mi trompa. Y fue el jarro que se estrompó contra mi cabeza y me causó tal sensación y tal gustillo en mi faz que los pedazos de aquel jarro se me clavaron como púas y mis dientes cayeron al suelo como el diluvio universal.
A causa del estruendo de aquel golpe tuvieron que llamar hasta a los bomberos.
Yo ya comprendía la justa venganza del ciego y me arrepentía de no volver a deleitarme con el delicioso vino que se arrastraba por mi destrozada cara.
Autor: Miguel Ángel Egea López. 2º Bachillerato. Curso 1995-1996.
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