viernes, 15 de mayo de 2020

SARAY CORRALES MOLINA

Cierta vez, coincidieron un ciego, un mozo y un ladrón en el ascensor del Cielo. Como aún les quedaban muchos pisos hasta llegar a las puertas del Cielo, uno de ellos le preguntó al ciego que cómo había muerto, y el ciego le contestó:
-Pues estaba yo en mi casa cenando a la luz de la lumbre con mi criado, que era un aprovechado, y aprovechándose de mi ceguera se comía y bebía todo creyéndose que no me daba cuenta, hasta que esa noche planeé vengarme de él y en el momento que tuve a mi criado, que solía ponerse bajo mis pies, y luego entendí el porqué, no dudé un segundo y cogiendo mi vasija empecé a aporrearlo con toda la fuerza que pude mientras él se quejaba rechinando como un cerdo y, cuando éste calló, pensé que ya había perecido y, agachándome para notar si respiraba o no, me resbalé con el vino que había caído de la vasija y me metí por la chimenea y ahí me quedé sin que nadie pudiera socorrerme, puesto que había matado ya a mi criado y morí achicharrado.

Cuando terminó el ciego de hablar, les preguntó a los otros: Y vosotros, ¿cómo habéis muerto?

Siguió hablando el mozo, que dijo:
-La verdad es que no lo recuerdo muy bien. Pero creo que trabajaba yo como mozo sirviendo a mi amo, que tenía una invalidez, por lo que tenía que estar a todas horas pendiente de él. Pero harto de sus exigencias, pensé escaparme una noche y librarme de él. Así que preparé la cena y me escapé por el tejado de la casa con la mala suerte de que una teja se despegó y resbalé y caí empotrándome contra el suelo abriéndome la cabeza y aquí estoy.

Entonces le preguntaron al ladrón: Y tú, ¿cómo que estás aquí?

El ladrón respondió:
-¡Pues maldita la noche! Salí yo como de costumbre a mangar a ver si encontraba buen destino metiéndome por el tejado de una casa, del que estuve a punto de caer porque tenía las tejas rotas, pero pude subsistir, aunque no por mucho tiempo, y me sorprendí al ver al amo de la casa cenando cerca del fogón. Sin embargo a mí me pareció extraño que él no se sorprendiera de verme. Entonces pensé que estaría durmiendo, por lo que me acerqué sigilosamente a quitarle un poco de pan cuando, de repente, el semejante vejestorio se me tiró a pegarme con un botijo, con más saña que un león muerto de hambre devorando a su presa, hasta que me dejó al descubierto todas las vísceras de mi cabeza y allí espiché.

La falta de inteligencia de estos tres individuos que, después de contarse las historias de unos y otros, no cayeron en la cuenta de que sus muertes tenían más relación de la que ellos pensaban, hizo que San Pedro se apiadase de ellos y los dejó entrar en el Cielo con la condición de que el ciego fuese más misericordioso; el mozo, más sumiso; y que el ladrón amparase a toda persona que lo necesitara.

Y así lo hicieron, y los tres quedaron en el Cielo, y se ayudaron mutuamente sin acordarse de las perversidades que habían cometido en la Tierra.


Autora: Saray Corrales Molina. 2º de Bachillerato. Curso 2011-12.

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