Yo anhelaba ese licor, eso era toda mi vida, mi ocasión, la única posibilidad para salir de aquel mundo cruel, húmedo, sucio, sin piedad, sin comprensión.
Lo anhelaba con toda mi alma, y todos se reían de mí. ¿Por qué? No lo entiendo. Y aquel viejo, sucio, maloliente, aquel diablo que me odiaba, y su odio nacía desde lo más profundo de su ser, y al nacer desde ese lugar, en el infinito, es más poderoso. Él calla, pero al mismo tiempo habla, no para de hablar, y me marea; me muero, no aguanto tanta palabra seguida, llenas y a la vez vacías de significado.
Soy pequeño, y me decían que eso no me haría bien, pero ¿qué me puede hacer bien en este mundo y, a la vez, no matarme? ¿Quién sabe dónde está el bien y el mal?
Y ese licor que me servía de evasión ¿me haría bien o mal? Yo creí que el bien, y era una creencia acertada.
Me dispuse bajo aquella vasija, era el tesoro más preciado para mí en ese momento, y creo que aún lo sería, y puede que lo sea. Como decía, me coloqué bajo aquella vasija, para mí hecha de oro y piedras preciosas. En ese momento todo lo que me rodeaba se nubló, se fue transformando poco a poco en el Limbo, era maravilloso, yo y él juntos por fin, una vez, quizás la última. Cerré los ojos, siempre disfruto más así, y esperé, lleno de excitación, a que me penetrara hasta lo más profundo de mi ser, y así poder evadirme una nueva vez, lleno de placer y gozo. No sé cómo describir ese momento, fue como esperar la apertura de las puertas del Cielo.
Y me penetró, ya lo creo que me penetró, pero no para mi goce, sino que para mi perdición. En ese momento se desmoronó toda mi fantasía, todo mi submundo, por un momento morí, resucité y volví a morir, sin apenas dejar pasar un segundo y muy a mi pesar regresé desde mi Limbo.
Lo miré, reía, en ese momento me pareció que sus ojos se tornaban amarillos, y de su cabeza salían unas ramificaciones.
Creí ver al diablo en persona, yo que esperaba ver los Cielos y de pronto me encontré en el Infierno. Él me miraba y no paraba de reír, gozaba con verme en ese estado.Creo que en ese momento recobró por un instante su visión, únicamente por verme sufrir.
El oro y las piedras preciosas se convirtieron en acero fundido que corría por mi cara. Yo sufría, era un sufrimiento físico y a la vez psíquico, éste era el que más sentía. Me sentía humillado, engañado, se había reído de mí. Si hubiera tenido orgullo, me lo habría dañado.
Pero yo era joven y, por tanto, un estúpido. Me limité a mirarlo, o odiarlo, y a esperar el momento de mi venganza.
Autora: Ana Matilde Álvarez Guerrero. 3º de B.U.P. Curso 1991-92
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