LÁZARO PICAPIEDRA
Nos encontrábamos en una tribu europea, rodeados por dinosaurios, y vivíamos en una cueva que se recordaría.
Era el año I a.d. Acababa de venir de caza con mi troncomóvil y me dolían los pies de tanto andar con mi troncomóvil, pero aquella caza había valido la pena, había cogido dos tiranosaurus rex y un velociraptor, pero como yo era ayudante del jefe, sólo me tocó una pequeña parte.
Entré en la cueva donde se encontraba el ciego cavernícola y se había entretenido haciendo nuevas pintadas de búfalos, etc.
Pero me sorprendí cuando vi que había hecho un nuevo descubrimiento, una especie de calefactor, era algo rojo que echaba llamas, ¡el ciego cavernícola había hecho historia!
Pero él tenía algo que nadie tenía, un jarrón que era el primero que se hacía en aquella tribu, pero dentro tenía un vino traído desde la tribu de Francia. Lo defendía con su gran mazo pero yo le hice un pequeño hueco al jarro y, con mis pieles de trigo, podía entrar entre sus piernas y beber gota a gota. Pero al día siguiente él pareció que había encontrado el agujero pero se lo calló. Tan sólo dijo "¡Bunga, bunga!" pero no lo entendí.
Y cuando estaba yo bebiendo, levantó el jarro y el mazo, y me lo estampó en la cara. Me hizo más grietas que tenía la cueva, y él se reía como un australopitecus, no como un hombre normal, un homo sapiens; y se reía diciendo "¡Bunga, bunga!"; y con su mandíbula adelantada se moría de risa.
Me destrozó la mandíbula y los dientes justo en el instante en que estalló un volcán. Los dinosaurios corrían y yo, sangrando, más me dolía. Vinieron los Mármol y nos dijeron que nos fuéramos de allí con el troncomóvil porque la tribu iba a ser sepultada por el volcán.
Autor: Juan Aznar. 2º Bachillerato. Curso 1995-96.
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