viernes, 29 de mayo de 2020

ALICIA HOYOS RÓDENAS

Le había dado tantas vueltas ya al jarro que encontró la fuente a través de la cual yo bebía vino, pero no dejó que fuese consciente de ese descubrimiento, sino que lo disimuló como si nada hubiera ocurrido.

Otro día, como de costumbre, me senté entre las piernas del ciego para seguir gozando de mi creativa y maravillosa idea. Mi rostro apuntaba hacia el cielo, tenía los ojos ligeramente cerrados, saboreando intensamente cada gota de vino.

Cuando el ciego vio la oportunidad de venganza, cogió el jarro con ambas manos, lo alzó y con toda su fuerza posible lo lanzó contra mi boca.

Estaba descuidado y recibí ese golpe sintiendo que el cielo y todo lo que en él se encuentra se me había derramado encima.

Había pedazos del jarro por toda mi cara, también despedazada y, para colmo, muchos de mis dientes estaban quebrados.

Apenas podía reaccionar, me sentía aturdido, condolido, plenamente confundido.

Entonces me desperté.

Me había quedado dormido bebiendo vino. En un momento dado, el ciego se dispuso a tocarme el rostro y lo notó empapado. Como sabía de mi picardía, tocó el jarro por todas partes hasta que, por primera vez, descubrió mi invento. Y entonces se cargó de rabia y enfado, y fue ahí donde me estrelló el jarro.

Y, si eso es lo que quería, he aprendido la lección: Nunca más estaré despistado si hay riesgo de que el ciego descubra alguna de mis travesuras.

Autora: Alicia Hoyos Ródenas. 1º Bachillerato. Curso 2014-2015.

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