sábado, 23 de mayo de 2020

FRANCISCO RICHARTE MEDINA

Estábamos el ciego y yo en las afueras de la ciudad, rodeados de desechos galácticos, y con una pobre luz desprendida por la quema de la placa de un ordenador, uno de esos tan viejos de los que ya no se oía hablar, un Pentium, según leí yo antes de darle fuego. El ciego soltó su jarra hermética de seguridad y yo con mucha paciencia conseguí sacar el número de apertura y di un par de tragos de bebida isotónica que me reconfortaron al momento.

El ciego, dándose cuenta de que allí faltaba bebida, le echó la mano encima a la jarra y no la volvió a soltar. Yo cogí mi paja larga de acero y con mucha maestría la metí en la jarra mientras estaba abierta y le volví a dar un par de tragos, mas el ciego, que era astuto, se dio cuenta y, a partir de entonces no volvió a abrir la jarra nada más que para darle un trago.

Pero un día se dejó el ciego sola la jarra y yo saqué mi taladradora Black & Decker de bolsillo y le hice un pequeño agujero, que tapé con desechos plásticos. Así que, cuando hacía frío, me metía entre las piernas del ciego y quitaba aquel tapón, y caía la bebida isotónica que yo bebía con mucha dulzura. El ciego, al ver que no quedaba bebida, buscó y rebuscó hasta hallar el agujero, pero se lo calló.

Otro día después me volví a poner entre las piernas del ciego sin saber lo que me esperaba y, mientras bebía con los ojos cerrados para disfrutarla mejor, alzó el ciego la jarra hermética y la lanzó hacia mi cara con toda su fuerza y, por un momento creí que se me había caído encima una nave espacial de unas cuantas toneladas. 

Fue tal el golpecillo con la jarra que se me incrustaron en la cara los cristales de la pantalla líquida que había llevado aquella preciosa jarra, y su acero reforzado me sacó de sentido y me rompió los dientes sin los cuales hasta hoy día me quedé.

Autor: Francisco Richarte Medina. 2º de Bachillerato. Curso 1995-96.

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