El mundo seguía y el pobre chico no sabía que yo aún sentía, sentía que estaba cerca. El vino no podía acabarse tan rápido, yo sólo di unos cuantos tragos. Empecé a darle vueltas a mi cabeza, pensando, se me ocurrió darle vueltas al jarro e intentar buscar dónde estaba el problema. Lo encontré, encontré ese agujero por el cual él se bebía mi vino. Seguí disimulando, como si no supiese nada, para encontrar el momento oportuno y aplicar la idea que tenía a la realidad, vengarme de ese crío. Tuve ese momento en el que la vida te dice de alguna manera "haz esto ya o no podrás hacerlo nunca más". Quizás sí podría en otro momento pero quien no arriesga, no gana. Yo no quería perder más vino, no iba a dejar que alguien se riera de mí por el simple hecho de ser ciego. Cogí el jarro de vino y, sin pensármelo dos veces, alcé las manos con él y se lo estampé en la cara. Quizás me pasé, pero estoy tranquilo. Él ha aprendido la lección. También sé que él echará tanto de menos sus dientes como yo echo de menos no poder ver.
Autora: Juana María López Martínez. 1º Bachillerato. Curso 2013-2014.
No hay comentarios:
Publicar un comentario